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domingo, 6 de julio de 2014

Especial Verano 2014 (III): Una apuesta puede ser el comienzo de una gran aventura

Y si no, que se lo digan a Phileas Fogg, protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días (Le Tour du monde en quatre-vingts jours), novela de Jules Verne publicada por entregas en la publicación Le Temps en 1872 e íntegramente el año siguiente.

Como ya he dicho, nuestro protagonista es Phileas Fogg, un caballero británico de existencia tranquila y solitaria al que sus colegas del Reform Club le hacen la que probablemente es la apuesta más famosa de la literatura a raíz de un artículo periodístico. Con una sustanciosa fortuna en juego, Fogg se embarca en la mayor aventura de su apacible vida acompañado por su mayordomo Passepartout y perseguido por el implacable inspector Fix, que cree erróneamente que Fogg es un atracador de bancos…

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Hace ya muchos años que leí este libro, pero, como todo clásico de la literatura, dejó una gran huella en mi interior. Ello responde a múltiples razones, ya que se trata de una obra apasionante y llena de giros que nos traslada a un tiempo y a unos lugares que nos hacen soñar, desde la India, en la que conviven los colonos ingleses y sus refinamientos con las costumbres y tradiciones de los lugareños, hasta el Salvaje Oeste, donde todavía campan las grandes manadas de búfalos y las futuras grandes ciudades apenas son pequeños enclaves en mitad de la llanura. Y todo ello contado con mucho humor.

Por otro lado, La vuelta al mundo en ochenta días es posiblemente la más famosa de las novelas de Verne y también la que ha sido objeto de más adaptaciones a otras artes, y sobre todo la televisión y el cine. Lo malo es que en España la novela ha quedado casi totalmente eclipsada por la serie de dibujos animados La vuelta al mundo de Willy Fogg (1981), hasta el punto de que en una ocasión, en una clase de Geografía de 6º de Primaria, una compañera tuvo que leer un fragmento de este libro y no paraba de decir “Willy” en vez de “Phileas”. Cuando el profesor la regañó y la corrigió, ella contestó: “¿Pero no era Willy?”. Si queréis testigos, preguntadle a Nobody; ella también estuvo allí, y ella también se rió a carcajadas.

Pues ya hemos visto, queridos Rebeldes, que hemos empezado la sección de novelas juveniles de este Especial Verano con un Clásico con mayúsculas que ha sido fuente de inspiración para lectores y viajeros de todos los países (incluidas las consabidas parejitas en viaje de novios). Sobra decir que no os lo podéis perder, ¿verdad?

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

P.D.: Como sé que lo estáis deseando, ahí va el vídeo de La vuelta al mundo de Willy Fogg. ¡Que lo disfrutéis!

Que no se diga que no os mimo, Rebeldes míos…

domingo, 3 de noviembre de 2013

Especial Otoño 2013: El corazón no es un juguete

Y es que Emma Woodhouse, protagonista de Emma (1815), es tan bienintencionada como todas las heroínas austenianas, pero también está muy mimada, y puede llegar a ser un tanto desconsiderada y egoísta con sus allegados, y en especial con los que tiene más cerca.

Emma, de veintiún años de edad, es huérfana de madre desde muy pequeña, y se ha criado con una institutriz, la señorita Taylor, a la que adora. Pero cuando Emma es adulta, la señorita Taylor se casa y se marcha, lo que le hace sentirse bastante sola (su hermana mayor ya es madre de familia y vive en Londres, y su padre ya está mayor y es hipocondríaco). Un tanto pagada de sí misma y con unas fuertes ínfulas de casamentera, Emma se hace amiga y protectora de Harriet Smith, una joven pobre y muy maleable a la que decide buscarle un buen marido. Nuestra heroína se mete de lleno en la tarea de buscar a alguien que ocupe el corazón de su amiga y la haga feliz, lo que hace que incurra en un sinfín de equívocos y malentendidos y, lo que es igual de importante, que se olvide de su propio corazón…

emma

Cuando Jane Austen empezó a escribir Emma, declaró que iba a crear una heroína que, salvo a ella misma, no gustaría mucho. Pero se equivocó, ya que Emma también cuenta con una legión de admiradores gracias a su alegría de vivir y su corazón noble y bienintencionado. Su carácter y su comportamiento se deben, probablemente, al hecho de que goza de buena posición económico-social (es la única heroína austeniana sin problemas de dinero) y de que es muy querida y admirada en su comunidad, lo que le hace pensar que su vida es perfecta y que todos merecen tener una vida tan estupenda como la suya. Pero, como ya sabemos, la perfección no existe.

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(Cartel de la película homónima de 1996, ganadora del Óscar a la Mejor Banda Sonora. Totalmente recomendable)

Emma es, quizás, la novela en la que vemos una mayor interacción entre la protagonista y la sociedad que la rodea; uno de los estudiosos a los que cité en mi Trabajo de Fin de Máster afirmaba que Emma no es Emma sin Highbury (la región en la que vive), y Highbury no es Highbury sin Emma. De hecho, es la única heroína que no sale de viaje, sino que vive inmersa en su cuasi-idílica sociedad campestre y en las relaciones que mantiene con sus miembros (fiestas, visitas, obras de caridad para los pobres…). Entre los miembros de la sociedad de Highbury, hay que destacar por encima de todos a George Knightley, el vecino más cercano a Emma y la eterna voz de la razón (es él quien siempre pronuncia la frase “Te lo dije, Emma” cada vez que ella mete la pata), pero no hay que olvidar al señor Woodhouse (bondadoso e hipocondríaco a más no poder) o a la señorita Bates (que puede parecer algo pesada, pero acaba por inspirar verdadera compasión al lector cuando se ve claramente su situación en la vida).

Ya casi hemos terminado con este Especial Otoño 2013, y espero que estéis disfrutando con las novelas de Jane Austen que he recomendado hasta ahora. La historia de Emma Woodhouse y sus embrollos es la más optimista y alegre de todas las novelas de Jane Austen, y estoy segura de que os gustará tanto como las demás novelas. Además, seguro que querréis saber qué pasará al final con Emma y con Harriet…

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

jueves, 24 de octubre de 2013

Especial Otoño 2013: Lo mejor es la fidelidad a los buenos principios

Al menos, creo que ésa es la conclusión principal que pueda sacarse de la cuarta novela de Jane Austen, porque Mansfield Park (1814) es la novela más larga, compleja y oscura de nuestra autora, y además este libro tiene muchas y muy distintas facetas.

La novela, que toma su título del nombre de la mansión solariega en la que tiene lugar la trama, nos pone en contexto explicándonos la historia de las  hermanas Ward: una se casó con un lord, con el que tuvo dos hijos y dos hijas, y todos viven en la susodicha mansión; la segunda contrajo matrimonio con un clérigo de buena posición, no tienen hijos y viven cerca de los anteriores; finalmente, la tercera se unió a un teniente sin oficio ni beneficio de la Armada Británica, viven en Portsmouth (al sur de Inglaterra y muy lejos del resto) y tienen más hijos de los que pueden mantener.

Esta última hermana, para aliviarse un poco económicamente, envía a su hija Fanny, de diez años de edad, a vivir con sus tíos y primos. Entre indiferencias, desprecios y burlas, la pequeña Fanny Price sólo halla cariño y apoyo en su primo Edmund, seis años mayor que ella. Con el paso de los años, Fanny se enamora secretamente de Edmund, pero la llegada de los hermanos Crawford, elegantes y sofisticados, trastocará las vidas de todos en Mansfield Park…

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Como ya he señalado al principio, Mansfield Park es la novela más difícil de leer de Jane Austen, y ello se debe a varios motivos. En primer lugar, aunque suene paradójico, a causa de la propia protagonista, a la que la propia madre de Austen llegó a tachar de “insulsa”. Fanny Price, como pariente pobre e inferior de los Bertram de Mansfield Park, a veces llega a ser un simple testigo mudo e invisible de cuanto sucede a su alrededor. Además, carece de interés o curiosidad por aprender o por adquirir algún talento artístico, por lo que no evoluciona en absoluto (sí evolucionan otros como Edmund, que descubre que no es oro todo lo que reluce, o Tom, que comprende que un primogénito debe dar ejemplo de rectitud y seriedad y no hacer vida de crápula) y se pasa la vida llorando y suspirando por los rincones. De hecho, a veces es que no sé si darle dos collejas para que espabile y se dé a valer o abrazarla y cantarle una nana, porque en el fondo me da mucha pena. Sobre todo con la señora Norris criticándola y regañándola por puras nimiedades y con Edmund babeando por la hermosa Mary Crawford, femme fatale por excelencia de la literatura austeniana a la que Fanny, a pesar de todo, no puede evitar admirar.

En segundo lugar, la temática de Mansfield Park no está tan bien definida como en las otras novelas de Jane Austen, sino que la autora da varias lecciones morales al lector a través de los personajes. Como ejemplos, aparte de los ya mencionados, debo señalar los casos del severo sir Thomas, que comprende que no debe educarse a los niños con excesiva severidad ni estableciendo diferencias de trato entre unos y otros según su origen y condición, y del seductor Henry Crawford (el único con una oportunidad auténtica de volver al buen camino a tiempo y sin consecuencias), que paga su inconstancia perdiendo toda posibilidad de conquistar a Fanny (debo destacar que a Cassandra Austen, hermana de nuestra autora, le habría gustado verlos juntos al final del libro, como muestra de que es posible hallar la redención a pesar de todo). De hecho, es tal la heterogeneidad de este libro, que uno se encuentra hasta una crítica a la esclavitud de los negros a través de los pensamientos de Fanny. Sin embargo, esta crítica a la esclavitud también puede estar relacionada con que Fanny se siente identificada con los esclavos en cuanto a la situación de inferioridad e indefensión de ambos. Al menos, eso creo yo.

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(De izda. a dcha., miniserie de 1983 y películas de 1999 y de 2007. Estoy viendo la primera, que está muy bien; la segunda no la recomiendo para nada y la tercera es aceptable.)

Es posible que toda esta perorata os haya desanimado e incluso alguno sienta que lo estoy disuadiendo de leer este libro. Nada más lejos de mi intención: Mansfield Park es un libro estupendo, y Fanny una heroína tan digna de cariño como las otras de Jane Austen. Así pues, no dejéis escapar la oportunidad de leer esta novela maravillosa.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

domingo, 20 de octubre de 2013

Especial Otoño 2013: La primera impresión no siempre es la correcta

Primeras impresiones (First Impressions) es el título que tenía pensado Jane Austen para su tercera novela; sin embargo, el texto llegó hasta nuestros días con otro título totalmente distinto y, a mi ver, mucho más adecuado: Pride and Prejudice (en español, Orgullo y prejuicio), que representa los defectos que vertebran la trama de los protagonistas de la novela, que, dicho sea de paso, cumplió 200 años el pasado 28 de enero.

La protagonista de Orgullo y prejuicio es Elizabeth, de veinte años de edad y la segunda de las cinco hermanas Bennett. Con la llegada de Charles Bingley, un joven soltero y adinerado, se produce una gran expectación en la región de Meryton; sobre todo entre las madres de familia como la señora Bennet, que no ve la hora de casarlo con una de sus hijas, y en especial con Jane, la mayor y más bella de todas.

Jane y Bingley coinciden en un baile y se gustan enseguida, pero cuando Fitzwilliam Darcy, amigo de Bingley y mucho más apuesto y rico que él, se niegue a bailar con Elizabeth por no considerarla lo suficientemente guapa para su gusto, se desatará una guerra de sarcasmos e ironías entre ambos en la que involucrarán a todos los que les rodean…

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(Portada de la edición que leí; me gusta imaginar que la chica rubia es Jane y la morena es Elizabeth. Pero nuevamente, os advierto que esta edición tiene una traducción infumable.)

Orgullo y prejuicio es la más popular de todas las novelas de Jane Austen y la más adaptada a otras artes escénicas, desde el cine a la televisión, pasando, incluso, por el teatro musical. No es para menos, ya que la autora se supera a sí misma con la pareja protagonista (de hecho, Elizabeth era su heroína favorita) y los personajes secundarios, en especial los padres de Elizabeth (él con sus pullas y ella con sus histerismos), tampoco tienen precio.

Por otra parte, el tema principal de la obra (los equívocos basados en juicios erróneos y en secretos ocultos bajo silencios) ha dado siempre mucho juego. En el caso de esta novela, Jane Austen nos da una importante lección (o mejor dicho, dos lecciones) a través de Elizabeth y Darcy: no debemos mirar a nadie por encima del hombro ni etiquetar a nuestros semejantes a la ligera, porque siempre pueden darnos sorpresas, tanto buenas como malas. De hecho, no sólo es Darcy el orgulloso y Elizabeth la prejuiciosa, sino que ambos pecan de ambos defectos: Darcy, llevado por su propio orgullo de casta y por las opiniones de las hermanas Bingley, cree que la familia Bennet (con las honrosas excepciones de Jane y Elizabeth) son muy poco recomendables y que no es nada conveniente emparentar con ellos. A su vez, Elizabeth se deja llevar por su pésima primera impresión sobre Darcy (a lo que se añade la animadversión general hacia él, la leña que echa Wickham al fuego y su propia atracción por éste), se obceca en ese juicio erróneo y se niega a escuchar segundas opiniones.

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(Carátula de la miniserie de 6 capítulos realizada por la BBC en 1995; en opinión de muchos, yo incluida, la mejor adaptación que se ha hecho de este libro)

Esta novela ocupa un hueco muy especial en mi corazón; no sólo es mi favorita de Jane Austen, sino también la primera que leí (en concreto, para un trabajo de la universidad), y me gustó tanto, que no tardé mucho en ir a por todas las demás, además de releerla por lo menos nueve veces (¡y las que me quedan!). Así pues, ahora que ya vamos conociendo más la literatura austeniana, creo que vais a disfrutar mucho con esta tercera propuesta para el Especial Otoño 2013.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

jueves, 10 de octubre de 2013

Especial Otoño 2013: En el centro está la virtud

Ésta es la moraleja que podemos sacar de la lectura de Sentido y sensibilidad (Sense and Sensibility, 1811), la primera novela publicada por Jane Austen. Nuestra autora comenzó a escribir en 1795 un primer relato, Elinor and Marianne, en formato epistolar. Dos años después, se puso a pulir el texto hasta convertirlo en la novela que hoy conocemos. Sin embargo, no sería hasta el verano de 1809 cuando diese los primeros pasos para la publicación del libro, que tuvo lugar el miércoles 30 de octubre de 1811 (si me sé hasta el día de la semana, es todo gracias a cierta estupenda web que recomiendo a todos los fans de esta autora).
 
En resumidas cuentas, ésta es la historia de las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, nacidas del segundo matrimonio de su padre. Éste, antes de morir, le pide a John, su único hijo varón y nacido de su primer enlace, que no deje desamparadas a su madrastra y hermanastras. Sin embargo, John y su esposa no tardan en dejarlas en la calle, por lo que la recién viuda se ve obligada a pedir ayuda a un primo lejano.
 
Las hermanas se adaptan mal que bien a su nueva vida, pero ninguna cuenta con que Cupido les va a poner las cosas todavía más difíciles: la tranquila Elinor, de diecinueve años, comienza a sentirse atraída por el taciturno Edward Ferrars, hermano de su cuñada, mientras que la apasionada Marianne, de dieciséis, pierde la cabeza por el galante John Willoughby…
 
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(Portada de la edición que tengo en casa; me gusta imaginar que la joven es alguna de las hermanas Dashwood esperando a su amado. Pero os advierto que la traducción de esta edición es pésima.)
 
Tenemos hoy aquí una de las novelas más conocidas y queridas de la literatura anglosajona y, por qué no, de toda la literatura universal. Se trata de una novela cuyo principal tema es la búsqueda del equilibrio personal, de la armonía entre la razón y el corazón. Jane Austen escribió la historia de las hermanas Dashwood con una evidente intención moralizante, ya que Marianne (que está en plena edad del pavo y no tiene término medio con sus emociones) se apasiona por Willoughby hasta el punto de perder la salud y casi también la cordura (sí, se puede afirmar que sufre una depresión) y ser irrespetuosa y descortés con los que la rodean (aunque debo decir en su favor que es difícil no serlo con según qué personajes…). Elinor no sufre este problema, pues es lo suficientemente madura como para mantener sus propias penas bajo control hasta hacerlas invisibles a los ojos de los demás y seguir cuidando de su hermana del alma. En este sentido, Elinor resulta ser un personaje plano, ya que no evoluciona ni necesita hacerlo, mientras que Marianne es un personaje redondo, pues se ve obligada a pasar por un dolorosísimo proceso hasta llegar a ese equilibrio mental que será la base de su felicidad.
 
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(Cartel de la celebérrima adaptación cinematográfica realizada en 1995 por Ang Lee)

Como en todas sus novelas, Jane Austen retrata fielmente las virtudes y los defectos propios de la gente de su tiempo; nuestra autora era una gran observadora del mundo que la rodeaba y supo plasmar maravillosamente los caracteres de los que la rodeaban. Entre las primeras, destacan, por supuesto, la bondad de las dos hermanas Dashwood, pero también la generosidad del coronel Brandon y la dulzura de Edward, amén del inestimable cariño y apoyo de la señora Dashwood y la pequeña Margaret (la simpática e indiscreta benjamina de la familia). Entre las segundas, podemos señalar la codicia de John y su mujer, Fanny y la desconsideración, a menudo morbosa, de la señora Jennings, entre otros muchos.
 
Todas las novelas de Jane Austen tratan sobre la búsqueda de la propia felicidad por diferentes medios (especialmente a través de cambios personales de las heroínas, como es el caso, y/o de los héroes), y si a eso le añadimos la fina prosa austeniana y su hábil sátira social, mejor todavía. Por todo esto, merece la pena conocer la historia de las hermanas Dashwood y ver en qué terminan sus desventuras amorosas.
 
Hasta la próxima página,
 
La Rebelde de los Libros

jueves, 3 de octubre de 2013

Especial Otoño 2013: No es bueno despegar los pies del suelo

Digo esto porque os podéis meter en los mismos líos que Catherine Morland, protagonista de La abadía de Northanger (Northanger Abbey). Jane Austen escribió la historia de Catherine en 1798, pero se publicó póstumamente veinte años después.

Esta novela se escribió en la época en la que estuvo de moda la novela gótica, que suele estar protagonizada por una muchacha bella, virtuosa y talentosa que se encuentra en grave peligro (un futuro casamiento forzoso, alguien que quiere eliminarla para hacerse con una gran fortuna…) y que tiene lugar en un castillo gótico en el que ocurren fenómenos espeluznantes y perturbadores. Sin embargo, La abadía de Northanger no es una novela gótica, sino una parodia de novela gótica, porque la autora juega con los tópicos del subgénero, retorciéndolos y modificándolos para (indudable) disfrute de aquéllos que estuviesen hasta las narices de las novelas de Ann Radcliffe, Horace Walpole y tantos otros.
 
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(The Mysteries of Udolpho, de Ann Radcliffe, está considerada la novela más famosa del subgénero gótico. Si un día la pillo, ya os contaré)

Como ya he dicho, la protagonista de la novela es Catherine Morland, una chica de diecisiete años extremadamente aficionada a las novelas góticas. Tras una vida plácida y feliz en el campo, es invitada por sus vecinos, el matrimonio Allen, a viajar a Bath y conocer un poco de mundo. En la ciudad, entabla amistad con los hermanos Thorpe (John e Isabella) y los hermanos Tilney (Henry y Eleanor) y se ve dividida entre hacer compañía a unos o a otros. Sin embargo, la ingenuidad de Catherine, más acostumbrada a los libros que a los enredos de sociedad, le impedirá ver las envidias, ambiciones y rivalidades que se gestan a su alrededor…
 
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De todas las novelas de Jane Austen, ésta fue la última que leí, ya que fue de las últimas en caer en mis manos (allá por la Navidad del 2010), pero la he disfrutado tanto como las otras, tanto por su trama como por el contraste que conforma tanto con las otras novelas de Jane Austen como con las novelas góticas (si bien lo único que he catado de este género ha sido Drácula y Frankenstein). Respecto a las primeras, se nota que el estilo de Jane es más optimista y alegre, más fresco. En cuanto a las segundas, se hace muy divertido ver cómo las cosas no son como debieran ser ya desde el principio, pues la autora ya nos presenta a la fantasiosa Catherine como una persona que lo tiene todo para no ser heroína de ninguna historia (vive con sus padres y un puñado de hermanos, es mala estudiante y físicamente, del montón bueno) y no para de desmontar tópicos góticos a lo largo de todo el libro. Además, cuando Catherine es invitada por los Tilney a la casa de éstos (una vieja abadía reconvertida en  mansión), se lleva un chasco detrás de otro al ver que la realidad no se corresponde con la ficción (para mí, el mejor momento es la escena de los papeles del armario, simplemente hilarante).
 
En mi opinión, la mejor forma de empezar con la novelas de Jane Austen es saboreando la historia de Catherine Morland, de su amor por la literatura (compartido por la inmensa mayoría de héroes y heroínas austenianos) y de la necesidad de aprender a vivir con los pies en la tierra y dejar las fantasías exclusivamente para los libros. Bien está perderse entre sus páginas, pero sin olvidar jamás que la fantasía termina cuando se cierra el libro, y después toca enfrentarse al mundo real.
 
Hasta la próxima página,
 
La Rebelde de los Libros

domingo, 13 de mayo de 2012

De América a África en busca de las raíces familiares

¡Hola a todos, queridos Rebeldes! En primer lugar, pido perdón por el grandísimo lapso de silencio entre mi última actualización y ésta, pero he estado con mi último examen, papeleos varios y un intento de escribir una novela (si un día se publica, seréis los primeros en saberlo), y apenas he podido acercarme al blog. En segundo lugar, sé que, en teoría, ahora tocaría la entrada correspondiente a Las afinidades electivas, pero creo que voy a releerme el libro para escribir una entrada mejor (hace ya mucho que lo leí, y no me vendría mal recordar detalles), de modo que voy a pasar a los libros siguientes.

Así pues, hoy nos toca hablar de la novela Raíces (Roots; 1976), del estadounidense Alex Haley, que nos cuenta en sus páginas la historia de su familia materna desde el siglo XVIII hasta nuestros días. La historia comienza en Juffure, una pequeña aldea de Gambia, con el nacimiento de Kunta, primogénito de Omoro y Binta Kinte, ambos de etnia mandinka. Tras una infancia muy feliz junto a los suyos, Kunta es capturado, con apenas diecisiete años, por unos tratantes de esclavos que se lo llevan a América. Y a partir de aquí comienzan sus avatares y los de sus descendientes…

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Esta novela, de lectura obligada en EE.UU., vio la luz tras doce años de investigación por parte de Haley (fallecido en 1992), que desde niño escuchaba las historias que se contaban en su familia sobre sus antepasados lejanos, hasta llegar a uno al que llamaban “el africano”. Gracias a varias coincidencias más que afortunadas, no sólo descubrió la identidad de “el africano”, sino que también pudo conocer a sus parientes gambianos en sexto grado y devolverle a los afroamericanos el derecho a conocer su propia Historia, cruelmente robada y borrada; aquí debo destacar los continuos choques culturales entre Kunta, musulmán y fiel a sus raíces, y los demás esclavos, cristianos y totalmente aculturados.

Por otra parte, el inmenso éxito de este libro llevó a su adaptación en forma de miniserie (disponible en Youtube, por el momento), que también fue un bombazo en su momento; baste decir que toda una generación de niñas afroamericanas recibieron el nombre de Kizzy (no diré quién es por si no queréis spoilers). Sin embargo, la historia de Kunta y los suyos también ha encontrado escollos en su camino, como la censura y la prohibición durante el apartheid sudafricano y los sabotajes de una estatua de Haley con Kunta por parte del Ku Klux Klan.

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(Carátula de la miniserie)

En resumen, tenemos aquí un valioso testimonio histórico, fidelísimamente documentado, de la otra Historia de los EE.UU. A fin de cuentas, el país no sólo se levantó con la firma de documentos, luchas de indios y vaqueros y fiebres del oro, sino, sobre todo, con la sangre, el sudor y las lágrimas de miles de hombres y mujeres arrancados de sus hogares, despojados de su cultura y forzados a dejarse la piel de sol a sol.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

sábado, 7 de mayo de 2011

Que toda la ponzoña hundida en el barro salga a la superficie

Aunque apenas se mencione esta frase, podemos considerarla como la “frase mágica” de Claudio, el dios, y su esposa Mesalina (Claudius, the God, and his Wife Messalina; 1938), segunda parte de Yo, Claudio. Los que leáis la entrada de la primera parte comprobaréis enseguida que conseguí el libro justo al día siguiente de escribir la entrada y dos días después de terminar de ver la serie, de modo que para mí fue una gran alegría encontrarlo.
 
Como ya hice con la primera parte, en la que presenté el estilo de Claudio y su carácter (no cambia en absoluto), presentaré la novela con su primera frase:
 
Han transcurrido dos años desde que terminé de escribir la larga historia de cómo yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, el tullido, el tartamudo, el tonto de la familia, a quien ninguno de sus ambiciosos y sanguinarios parientes consideraba digno de la molestia de ejecutar, envenenar, obligar a suicidarse, desterrar a una isla desierta o matar de hambre –que fueron las maneras en que se eliminaron los unos a los otros–, los sobreviví a todos, incluso a mi loco sobrino Cayo Calígula, y de cómo un día fui aclamado inesperadamente emperador emperador por los cabos y sargentos de la guardia de palacio.
(Traducción de Floreal Mazía. Edhasa, 2008)
 
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(Ésta no es la portada de la edición que leí, me ha sido imposible encontrarla)
 
Esta novela comienza, a pesar de lo que nos señala su primera frase, justo donde acaba la segunda, y concluye con el final de la vida de Claudio. Pero no sólo se nos narra la continuación de la vida de Claudio, sino que Graves incluye en Claudio, el dios varios textos más. Entre ellos, a través de la pluma de Claudio, la historia del íntimo amigo de éste, el rey judío Herodes Agripa (marrullero y alegre; me había olvidado por completo de él en la crítica anterior), desde su infancia hasta su muerte, además de algunos poemas y textos paródicos sobre la deificación (o “calabacificación”) de Claudio a modo de epílogo.
 
Tampoco han cambiado mis gustos respecto a los personajes, aunque por cortesía a mi querida amiga Nobody he cambiado los grupos de “buenos y malos” por “cuerdos y desquiciados”. Una acertadísima sugerencia por su parte, pues según un dicho mencionado en ambas novelas el árbol de los Claudios produce dos tipos de manzanas, dulces y amargas. Sin embargo, hay una manzana que he de calificar como agridulce, y que lamentablemente me dejé en el tintero la otra vez. Se trata de Antonia la Menor, la madre de Claudio.
 
Antonia, hija de Marco Antonio, es un personaje con el que tengo una relación ambivalente. Por un lado, se trata de una mujer de firmes principios y recta conducta, totalmente carente de ambiciones y tan respetable que nadie se atreve a ponerle una mano encima (un verdadero milagro en una época en la que todo el mundo se lleva por delante a quien estorba). En definitiva, una matrona romana de los pies a la cabeza, admirada por todos por su entereza y su integridad. Pero, por el otro lado, es una mujer que siempre trata con incomprensión y muy poca paciencia a su hijo menor, tachándolo de “imbécil”, “idiota” y demás sinónimos. En parte comprendo que se sienta frustrada porque Claudio no parezca tan listo ni tan fuerte como sus hermanos o sus primos, pero a veces Antonia llega a ser muy cruel. Por este motivo, me siento realmente dividida ante este personaje, pues sus virtudes y sus defectos van a la par.
 
En resumidas cuentas, si os gustó Yo, Claudio, y os quedasteis con ganas de saber más sobre este emperador y sus avatares, os aseguro que Claudio, el dios cumple con las expectativas de los lectores.
Por cierto, una última anécdota antes de que se me olvide: Graves tenía una casa en Mallorca, y estando allí recibió los vídeos de los capítulos de la serie. ¿Sabéis qué dijo tras verlos? “A Claudio le habría gustado”.
 
Hasta la próxima página,
 
La Rebelde de los Libros

viernes, 24 de septiembre de 2010

Más vale libertino conocido que seductora por conocer

Con este título me refiero al Vizconde de Valmont y a la Marquesa de Merteuil, figuras cumbre de Las amistades peligrosas (Les Liaisons Dangereuses; 1782), del militar francés Pierre Choderlos de Laclos. Llevaba mucho tiempo deseando leer esta novela, y por fin tuve la oportunidad de hacerlo cuando en una asignatura la profesora nos mandó traducir fragmentos de novelas y poemas franceses. Pedí que me dejase trabajar con este libro, y así conseguí que cayese en mis manos.

Asumiendo el papel de editor, Laclos nos narra en esta novela epistolar los fraudes y tejemanejes de los mencionados nobles, manipuladores y disolutos, si bien ella debe ocultar esta faceta por su condición de mujer. Cuando un ex-amante de la viuda Merteuil vaya a casarse con la joven Cécile Volanges, hija de una prima lejana de la Marquesa, ésta le pedirá a Valmont que seduzca y corrompa a la futura novia mientras finge ayudarla en sus amores con el caballero Danceny. Sin embargo, Valmont tiene entre manos un reto mucho más difícil e interesante: seducir a la virtuosa Presidenta de Tourvel, una dama burguesa felizmente casada y muy religiosa. Cuando ambos retos se unan, el caos y el escándalo estarán servidos…

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Cuando Laclos comenzó a escribir Las amistades peligrosas, comentó que iba a crear una obra que hiciera ruido, que causara conmoción mientras viviera y siguiera haciéndolo después de su muerte. Y lo consiguió con creces: adornada con ilustraciones muy adecuadas, desde su publicación le llovieron las alabanzas, pero también los vituperios por parte de los sectores más conservadores y, naturalmente, la alta nobleza satirizada en la novela. Esta obra se enmarca en la novela libertina del siglo XVIII, en la que los personajes olvidan cualquier sentimiento de piedad religiosa o decoro y recurren a toda clase de artimañas y manipulaciones para lograr sus fines.

Por otro lado, Laclos rompe el molde del modelo femenino de esta corriente literaria (mujeres virtuosas pero corruptibles, como la Presidenta de Tourvel) para crear un modelo de mujer corruptora; es admirable la carta LXXXI, en la que la Marquesa relata al Vizconde su propia adolescencia y sus inicios como amante y seductora. Sin embargo, y pese al carácter un tanto impúdico de la novela, presenta una finalidad claramente moralizante: es necesario tener cuidado con la influencia que posee la gente sobre nosotros, pues hasta la persona que parece más decente y respetable puede ocultar tras su fachada un álter ego maquiavélico y cruel.

La novela ha sido llevada a la gran pantalla en algunas ocasiones con mayor o menor fidelidad al libro, que también ha inspirado un par de series televisivas. Las adaptaciones más conocidas son la película homónima de 1988, Valmont (1989) y Crueles intenciones, de 2003.

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Me he sentido muy tentada de incluir en la entrada el tráiler de la primera de las películas que he citado (es la única que he visto, y no está nada mal), pero prefiero poner el cartel en su lugar para no adelantaros demasiados hechos de la obra (como podéis ver, el reparto no es moco de pavo). De los personajes de la obra, me quedo con el trío protagonista (una noble de alta cuna sin escrúpulos, un seductor con algo de corazón y una dama decente con muy mala suerte), además de la anciana Madame de Rosemonde, la amable y comprensiva tía de Valmont.

Debo añadir como última observación que, por desgracia, hoy casi nunca se recuerda esta novela por su ironía, su sátira social y mucho menos su finalidad moral, sino que sólo se menciona su parte carnal y se habla de ella como una novela erótica, en el mejor de los casos. Así pues, si alguna vez coincidís con este libro, intentad no dejaros llevar por su parte carnal; antes bien tratad de concentraros en las urdimbres de la terrible pareja. Y por supuesto, mucho cuidado con las influencias ajenas…

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

lunes, 23 de agosto de 2010

Especial Verano 2010 (V): Manolito Gafotas

¡Hola a todos! Para no perder la costumbre con el Especial Verano 2010, hoy os recomiendo ni más ni menos que una saga entera de libros: los siete desternillantes tomos protagonizados por Manolito Gafotas, personaje creado por la gaditana Elvira Lindo. Curiosamente, Manolito no nació en los libros, sino en la radio, donde su propia autora le prestaba voz. Y de ahí al papel sólo había un paso.

Toda la saga de Manolito está narrada en primera persona, ya que el protagonista tiene mucho que contar de su vida en el barrio de Carabanchel (Alto) y de la gente que le rodea.

El primer libro, Manolito Gafotas (1994), nos presenta al personaje, a sus amigos (el Orejones López, Susana Bragas-Sucias y demás) y a su familia: sus padres (Manolo, camionero; Catalina, ama de casa), su adorado abuelo Nicolás y su hermano “El Imbécil” (siempre lo llama así porque nunca recuerda su nombre; no es ningún insulto); además de relatarnos algunas anécdotas sobre su vida y el poco caso que le hacen.

En Pobre Manolito (1995), somos testigos de cómo a este pequeño charlatán se le fastidian las vacaciones de verano por un doloroso suspenso en Mates y, entre otras cosas, de los peligros de colaborar con los amigos en un robo…

¡Cómo molo! (Otra de Manolito Gafotas) es de 1996. Manolito está de vacaciones, pero no le resultarán del todo tranquilas debido a un grave percance en la piscina del barrio. Por si fuera poco, el Imbécil irá al colegio en septiembre, y Manolito tendrá que hacer de mediador entre él y su guapa profesora…

Los trapos sucios de Manolito Gafotas (1997) es el cuarto tomo de la saga, en el que la niña nueva de la clase, Melody Martínez, se enamorará de Manolito hasta el punto de defenderlo de Yihad, el matón de la clase. Y cuando llegue la Navidad a Carabanchel, a Manolito le esperarán momentos muy divertidos, pero también alguno muy humillante y un tremendo susto…

todalasaga

En Manolito on the Road (1998), al ver que Catalina no puede con los niños, la casa y el abuelo a la vez, el padre de nuestro protagonista se lo llevará en el camión. Padre e hijo vivirán muy buenos momentos en la carretera, pero también se llevarán algún mal trago por el camino…

Yo y el Imbécil (1999) narra cómo Manolito y su hermano se las tienen que apañar cuando al abuelo Nicolás lo llevan a operar de la próstata. Con el abuelo en el hospital y mamá haciéndole compañía, los dos niños quedarán a cargo de su vecina la Luisa, a la que le darán más de un quebradero de cabeza…

Manolito tiene un secreto (2002) es el tomo más corto de la saga. El colegio Diego Velázquez, al que van Manolito, sus amigos y el Imbécil, prepara una gran actuación navideña ante la próxima visita del alcalde. Por otro lado, Manolito descubre en casa un secreto que tendrá una gran importancia…

Este último libro tiene un final muy prometedor por el secreto al que se refiere; de hecho, la autora declaró que en el próximo libro tendría mucho más protagonismo el Imbécil que Manolito, pero ya estamos en 2010 y no hay rastro de ese futuro libro (todo lo más, un volumen titulado Todo Manolito que contiene los siete libros juntos). De todas formas, sé perfectamente que esta saga arrancará carcajadas con cada frase de Manolito y sonrisas con los omnipresentes dibujos de Emilio Urberuaga (ilustrador de todos los libros en todas sus ediciones y buen amigo de Elvira Lindo).

Los libros han sido llevados a la gran pantalla en dos ocasiones (1999 y 2001) y a la pequeña pantalla en forma de serie (2004) en la que repiten papel algunos de los actores de la primera película. La primera película, homónima del primer tomo, se inspira en el quinto libro, aunque también incluye detalles de los tomos anteriores, especialmente el segundo. En cuanto a la segunda, Manolito Gafotas: ¡Mola ser jefe!, se inspira en el tercer y el cuarto tomos. Personalmente, considero que la primera película es la más fiel a la obra tanto en la ambientación como en los personajes (físico y personalidad). Respecto a la serie, que entremezcla historias de todos los libros, plasma muy bien la saga, aunque sólo tuvo una temporada y no muy buenas críticas en televisión.

Es fácil darse cuenta de que me es imposible elegir un tomo favorito, porque todos tienen anécdotas hilarantes (y también alguna tristona) de la vida de Manolito y los líos en que se mete. Con los personajes lo tengo más claro: aparte de (evidentemente) Manolito, el Imbécil (con su chupete y hablando de sí mismo como “El nene”), el abuelo Nicolás (tan bondadoso y paciente), Catalina (que tiene muy mal carácter pero que es una pobre mujer, al fin y al cabo) y la Sita Asunción (profesora de Manolito; siempre llama “delincuentes” a sus alumnos, pero los adora).

Después de la entrada más larga hasta ahora en lo que va de blog, creo que va siendo hora de ir a buscar estos libros con los que podréis pasar (aunque las vacaciones vayan terminando) unas divertidas tardes de verano (se leen rapidísimo) conociendo los avatares de Manuel García Moreno. Pero no preguntéis por él por su nombre completo, que nadie lo conoce así por su barrio.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

miércoles, 4 de agosto de 2010

El veneno es la reina

He aquí la “frase mágica” de una de las mejores novelas de la literatura británica: Yo, Claudio (I, Claudius) del mitólogo y catedrático de Oxford Robert Graves. Escrita en 1934, bebe de las fuentes de Tácito, Plutarco y especialmente de Suetonio. De hecho, se cuenta que después de que Graves leyese la biografía de Claudio escrita por este último, el emperador se le apareció en sueños exigiendo que se narrase su verdadera historia (precisamente Claudio fue un gran historiador), y Graves hizo este libro y su continuación, en los que se describe a este emperador (cojo, tartamudo y con demasiado gusto por el vino) con comprensión y simpatía.
 
La obra, que abarca desde el gobierno de Augusto, antes del nacimiento del propio Claudio, hasta la coronación involuntaria de éste, está escrita en primera persona y salpicada de tristeza y amarga ironía que, sin embargo, es capaz de provocar más de una sonrisa en el lector. Sin ir más lejos (reconozco que no puedo resistir la tentación), he aquí la primera frase:
 
Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico esto-y-aquello-y-lo-de-más-allá […], conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo”, o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.
 
(Traducción de Floreal Mazía. Alianza Editorial, 1979)
 
yoclaudio
 
Supongo que no es difícil darse cuenta de que me siento muy orgullosa de recomendar esta novela; ya no sólo por su calidad y su rigor histórico, sino por su fama y la buena consideración que aún recibe del público. Esta novela (junto con su segunda parte, que intentaré buscar en cuanto pueda) tuvo una excelente acogida desde el principio, si bien posteriormente Graves lamentó haber escrito los dos libros, pues su popularidad eclipsó sus otras obras y trabajos. Y en ese sentido, la fabulosa miniserie de trece capítulos (adapta ambas novelas; justamente acabé de verla anoche), realizada en 1976 y ganadora de numerosos premios (incluido un Emmy), no ayudó mucho.
 
iclaudius
 
Una de las cosas buenas de que Yo, Claudio sea una autobiografía es que permite conocer a los personajes y sus virtudes, manías y defectos muy de cerca (por ejemplo, la coletilla de Augusto “En menos que se chupa un espárrago”). Claudio, que sobrevivirá en la corte haciéndose el tonto y exagerando sus defectos, retrata maravillosamente a su familia y las intrigas imperiales, especialmente las de su cruel abuela, Livia. De los buenos, mis favoritos son el propio Claudio pese a sus muchos defectos, Germánico, Póstumo, Atenodoro, Augusto y Julia (pese a su promiscuidad). Con los villanos no hay término medio, o se adoran pese a sus maldades y perversiones (Livia, Calígula) o se odian justamente por ellas (Livila, Tiberio, Sejano, Mesalina, Agripina la Menor, Nerón; incluyo estos tres últimos tras verlos en la serie).
 
Estoy convencida de que los aficionados de la cultura romana, de la Historia y de la buena literatura en general se sentirán más que complacidos con esta obra (la única pega que tiene es que hay que consultar el árbol genealógico de la familia cada dos por tres). En cuanto a mí, trataré de buscarme la segunda parte “en menos que se chupa un espárrago”: Claudio, el dios, y su esposa Mesalina. Y sí, la expresión de Augusto se me ha pegado.
 
Hasta la próxima página,
 
La Rebelde de los Libros

martes, 3 de febrero de 2009

Del Esplendor a la Catástrofe

Lo primero que debo hacer con esta nueva entrada es desearle un Feliz Año 2009 (con mucho retraso, naturalmente) a mis queridos rebeldes y a los seguidores de mi blog, aparte de, por supuesto, esperar que Papá Noel o los Reyes Magos (a vuestro gusto) os hayan traído material con el que propagar la Rebeldía de Leer (pese a la crisis). En cuanto al título de la entrada, así se titulan los dos volúmenes de mi primera recomendación del año 2009: La Novela de Genji (o Genji Monogatari), de Murasaki Shikibu. En realidad "Shikibu" debería haberse traducido más o menos por "doña", pero a los traductores no les sonaba del todo natural utilizar "doña" con un nombre extranjero (y eso que en la versión inglesa transcribieron el nombre de la autora como Lady Murasaki), por lo que lo dejaron como si Shikibu fuese su apellido. En cualquier caso, este año empezamos a lo grande con una Recomendación con mayúsculas; no sólo por la cantidad de etiquetas que trae esta entrada, sino también porque este libro está considerado (y con mucha razón) la obra maestra de la literatura nipona. Baste con recitar el principio de la obra: "En el reinado de cierto emperador cuyo nombre y fecha omitiré..." Se parece mucho al principio de El Quijote, ¿verdad?
Esta novela se escribió en el siglo X, en la era Heian, considerada el período de esplendor de Japón por varios motivos:
  • El país, con capital en la ciudad de Heian Kyo (la actual Kioto), vivía en paz. Precisamente del nombre de la ciudad recibe el nombre dicha era.
  • Los nobles, aparte de regir el país, se dedicaban a vivir tranquilamente su vida dedicados a las artes (que florecieron espectacularmente), especialmente la literatura y la poesía; con frecuencia solían realizar certámenes y celebrar fiestas de mayor o menor suntuosidad en las que se casi siempre se repartían regalos. Debía saberse hacer un poema de forma rápida y adecuada a la situación (por ejemplo, para dar una buena respuesta a un desafío), o de lo contrario no se tendría en buena consideración a quien no pudiese hacerlo.
  • Las mujeres nobles estaban relativamente bien tratadas (sabían leer y escribir y, salvo algunas restricciones de conducta, contaban con bastante libertad) si se compara con Occidente.
  • El budismo y el sintoísmo coexistían en el país sin demasiados problemas, a pesar de cierta rivalidad entre ambas religiones.

A todo esto hay que añadir que, aunque el país gozaba de una buena situación, se contemplaba la vida de forma fatalista, considerando que se vivía en una época decadente y que se acercaban tiempos aciagos.
De todas formas, vayamos al grano: la Novela de Genji es un relato ficticio compuesto de numerosos conjuntos de libros agrupados en dos volúmenes, Esplendor y Catástrofe (es muy posible que falten capítulos), junto con más de mil poemas breves y referencias a grandes poemas tradicionales de Japón, en especial el Kokinshu y el Gosenshu. La historia relata los avatares de la vida de Genji, un joven príncipe que es el segundo hijo del emperador y de su esposa favorita, Kiritsubo. Desde muy joven se lanza a la búsqueda del ideal femenino en las mujeres de su entorno, pues su madre, considerada como una mujer ideal, murió cuando él era apenas un bebé y no la recuerda. Así pues, Genji tiene relaciones amorosas con diversas mujeres, en las que busca ese ideal que tanto ha comentado con sus amigos y compañeros.

Posiblemente este resumen no sea del agrado de las personas que conocen bien la obra y tal vez me arriesgue a que me critiquen o (lo más probable) que mi resumen convierta a Genji en un donjuán a la japonesa, cuando en realidad su comportamiento era bastante normal (en la edición de Círculo de Lectores, que es la que he leído, vienen comentarios muy interesantes respecto a esto), si bien sus allegados consideran que a veces se pasa de la raya, e incluso la propia Murasaki lo tacha de “incorregible” en más de una ocasión.
Por otro lado, debo destacar este libro como una magnífica novela de costumbres; la autora describe minuciosamente las maquinaciones de la Corte imperial y las tradiciones y creencias de su época, que ella misma critica indirectamente. Por ejemplo, el hecho de que, según el budismo, un alma no puede ir al Nirvana si ha vivido como mujer, sino que primero debe reencarnarse en un hombre y así ir al Paraíso, así como el hecho de que se mirase con malos ojos a una mujer que leyese poesía en chino, cosa que Murasaki hacía a la muerte de su esposo y su padre (hasta sus propias criadas la criticaban por ello). No obstante, la autora tendía a la autocensura cuando trataba este asunto: “pero no está bien que una mujer hable de poesía china, de modo que no añadiré ni una palabra más”.
En fin, después de esta descomunal parrafada sólo me queda recomendar este excelente libro, del que se han hecho películas, obras teatrales, series y hasta algún manga. Mientras tanto, voy a intentar buscarme la otra obra por la que Murasaki es famosa: su propio Diario.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros