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viernes, 13 de septiembre de 2013

Dos son compañía, tres son multitud… y cuatro humanidad

¡Hola, Rebeldes! En primer lugar, os pido perdón por todo este tiempo de silencio absoluto; reconozco con vergüenza que he descuidado mucho el blog y que he perdido credibilidad ante vuestros ojos. Además, se me han acumulado demasiado las recomendaciones, pero todo ello se debe a que he tenido mucho que hacer todo este tiempo (no, casi ni en verano he tenido paz), y me temo que la temporada otoño-invierno se presume igual de atareada. Mis más sinceras disculpas.

Dicho esto, pasemos a la recomendación de hoy. El título de esta entrada se debe a la conclusión que he sacado tras leer Las afinidades electivas (Die Wahlverwandtschaften), escrita por Wolfgang von Goethe en 1809. Es la primera obra de madurez del escritor alemán, y se enmarca, literariamente, en el Romanticismo; históricamente, en una época en la que los intelectuales comienzan a cuestionarse temas antes intocables, como la indisolubilidad del matrimonio; el divorcio, aunque todavía algo marginal, comenzaba a darse en las clases altas y, poco a poco, se haría cada vez más frecuente.

En resumidas cuentas, tenemos aquí la historia de Charlotte y Eduard; en su juventud, estuvieron locamente enamorados, pero las circunstancias los obligaron a contraer matrimonio y tener hijos con otras personas. Tras enviudar de sus respectivas parejas, los dos consiguieron casarse el uno con el otro, ya en su madurez y con la pasión adolescente convertida en un cariño amistoso, y cohabitan felizmente en una mansión rural cerca de Weimar. Pero la llegada del capitán Otto (amigo de Eduard) y la de Ottilie (sobrina de Charlotte) pondrá a prueba la solidez de la unión entre ambos…

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Este libro toma su título de un fenómeno químico que aparece mencionado en el libro; se trata de la tendencia de ciertos elementos a repeler otros y a atraer o a sentirse atraídos por elementos diferentes (si alguien ha recordado lo de los polos opuestos y los polos iguales, sí, más o menos es eso). Con una prosa admirable, embriagadora, Goethe reflexiona sobre la naturaleza de las relaciones humanas en la época que he mencionado y en especial sobre los fundamentos de la unión marital. Como si se tratase de un experimento científico-sociológico grabado con cámaras, el autor describe detalladamente cada sentimiento, cada opinión, cada conflicto moral. De este modo, vemos los esfuerzos de Charlotte por mantener todo en orden en su matrimonio; al romántico y caprichoso Eduard infantilmente enamorado de su sobrina, y la tristeza de esta última, un ser incomprendido que se divide entre su corazón y su sentido de la ética.

Las afinidades electivas, como cualquier otra obra de Goethe, no deja indiferente a nadie, ni por su contenido ni por su forma. Por este motivo, os recomiendo que, si la encontráis en la librería o la biblioteca, no dejéis que se la lleve otro.

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros

martes, 6 de abril de 2010

¿Quién quiere ser eternamente joven?

En mi caso la respuesta es negativa, porque no me gustaría nada ver envejecer y morir a mi alrededor a todos mis seres queridos, dado el supuesto de que no compartieran mi don. Y además, dado lo que pasó con el protagonista de mi recomendación, mejor dejar que la naturaleza y la vida sigan su curso.

Supongo que mis lectores ya sabrán que voy a recomendar otro peso pesado de la literatura: Fausto (Faust) de Wolfgang von Goethe, gran figura del Romanticismo alemán. Esta obra teatral escrita en verso está dividida en dos partes publicadas respectivamente en 1808 y 1832 (póstumamente). El argumento de Fausto (personaje tradicional que se cree que fue un mago o alquimista) es sobradamente conocido, pero no está de más recordarlo: el anciano Fausto, dedicado durante toda su vida al estudio y admirado y respetado por sus alumnos, se siente insatisfecho por la limitación de sus conocimientos y no ve la forma de encontrar la sabiduría infinita. Un día se aparece ante él Mefistófeles, un príncipe demonio súbdito de Lucifer que le ofrece la posibilidad de volver a ser joven y recuperar el tiempo perdido. El buen Fausto aceptará, dejando que Mefistófeles lo conduzca por las sendas del mal…

fausto

¿Qué se puede decir de esta obra que no se haya dicho? Realmente pocas cosas, pues el tema de la inmortalidad y la eterna juventud siempre ha fascinado al ser humano (sin ir más lejos, la famosa canción Forever Young de Alphaville, grupo de los años ochenta que precisamente era alemán: “La juventud es como diamantes al sol, y los diamantes son para siempre”). Y si a ambas se asocian la fuerza y la belleza, más todavía. Y esos eran, entre otros, los temas que se cantaban en el Romanticismo: la belleza, la juventud y la fuerza. Por ese motivo, esta obra en verso (por desgracia la edición que leí era antigua y el texto estaba traducido en prosa; ya me buscaré una edición moderna) no pasará de moda nunca, y más en una sociedad de culto al cuerpo como la nuestra.

Respecto a los personajes, Goethe los perfila maravillosamente; todos son geniales, pero me quedo con la dulzura de Margarita (llamada Margaret o Gretchen en el original; ambos nombres se alternan a lo largo de toda la obra) y la pureza absoluta de su amor hacia Fausto.

Para terminar, sólo me queda recomendar a mis lectores ya no sólo la obra, sino también la ópera homónima de Charles Gounod: Anges purs, anges radieux, portez mon âme au sein des cieux! (“¡Ángeles puros, ángeles radiantes, llevad mi alma al seno de los cielos!”).

Hasta la próxima página,

La Rebelde de los Libros